Hugo von Hofmannsthal escribió hace tiempo que «la autoestima auténtica se da la mano con el respeto por el otro». Había que añadir aquí la diversidad de género que la época no supo ver, calada hasta los huesos del frío húmedo finisecular, caliente por dentro con el brío que solo la política y algo más sabe dar. El baile de máscaras schnitzleriano, la crisis agraria en forma de junco quemado al atardecer y rígido en un páramo, la ebullición social que intuyó muy bien a las vanguardias, el cierre de fronteras económicas como antesala de las guerras fraticidas. Los mejores autores y autoras que se atrevieron a asomarse a los abismos de una historia, entre muchas, grabada con dignidad por la generación del 98 que insufló no solo la caída de un imperio si no la de varios. La manera en que la tradición austro-húngara y alemana abrazó este momento ha sido única. Los problemas eran mundiales, como después se vio, y todavía desde aquí poco cambia. Menos las velas de un poder capital que no han dejado de engordar.

A esta época se sumó otra que ya miraba más para sí, a su imagen descompuesta, entre tantos pedazos cómo se puede seguir viendo aunque no se vea, al menos la bruma, el vértigo, los espacios sin árbol, la argumentación, la lógica anterior, las formas -menos es nada-, todavía una cierta capacidad de mirar al frente que ya redobla esa visión, más angustiada, más íntima, más suicida, menos compartida. Nunca hubo un tiempo donde la intensidad de lo mejor y lo peor confluyeran de una forma tan explosiva, tan bella, tan terriblemente subjetiva, con tanto peligro de no ir a parar, aunque pareciese que más era imposible. Más fragmentación, más intimismo, más caminos erráticos, más guerras, más voluntad de vivir y de matarse a la vez, más formas de correr, de escapar: Pirineos, Lisboa, Londres, México, EEUU. Todavía existía un aliento para la vida, a pesar de, y quizá gracias a los desequilibrios cimbreantes de una economía maltrecha que tanto recibía como daba, felicidad y crisis, y felicidad otra vez, y una crisis más cercana de nuevo.

Esta crisis que tira de la cuerda del pasado y que ya no pide con la boca ni se encuentra con la mirada, se arrodilla y muestra sus manos. Un momento que ya no se ve, que no se lee, que no se pinta. Que está en blanco porque es la negación de lo que no es. Una época mediada por sus contrarios, por sus representaciones, por las imágenes de un abismo interpretado años ha, por su descomposición, por su desintegración y ahora, un lienzo pálido de nuevo. Si la suma de dos guerras mundiales, otras cuantas fraticidas, alguna gélida y cientos de conflictos de todo tipo mal resueltos nos han hecho dejar de ver, o lo que es lo mismo, entender con cercanía lo lejano y con desconfianza lo propio, von Hofmannsthal tenía razón. Y la ley de los signos matemáticos hay que cambiarla ya, porque nunca da. Más por más no es más. Es volver a empezar. Es menos porque no podemos más.