Por el camino de una mar tranquila,
¡cuántas veredas hacia ti!
Por el desierto de una noche obscura,
¡cuántas estrellas donde ir!
Por la eterna influencia de los tiempos,
¡cuántos instantes para partir!
En el mar nuestro de cada primavera,
en el desierto de la noche inmensa,
en el tiempo que al albur nos lleva,
¿cuál el camino bajo el cielo?,
¿cuál es la estrella o el lucero?,
para partir, ¿cuál el momento?
Por el camino de una mar tranquila,
¡cuántas veredas hacia ti!

Sender, R.J., (1935).

El Campo de Cartagena es una llanura que parece condensarlo todo. Salinas, arenales, islas, islotes, sierras, cabezos, humedales, reserva marina, mar. Tierras fértiles y una gran biodiversidad. Minas extintas, acuíferos, tuberías, canales, pozos, desalobradoras. Contaminación por nitratos y por ácidos que se filtran al mar. Grandes corporaciones. Mejores políticas. Clima: mediterráneo seco. Regadío, regadío y regadío. Y una historia de muerte por contar.

En 1932 un madrileño y un soriano visitaron este territorio y a su vuelta a la capital vislumbraron: «…si fuera posible llevar el Nilo allí…». Los dos ingenieros de caminos observaron en su viaje los efectos de un índice de pluviosidad muy bajo con sequías continuadas, las consecuencias migratorias de la crisis minera y la disposición geomorfológica poco favorable de la cordillera penibética sobre estas tierras. Como el Nilo quedaba un poco lejos tuvieron un último delirio: «…había que transportarlo…».

Lorenzo Pardo y Clemente Sáenz suscribieron poco después el trasvase de parte de las cabeceras del río Tajo y Guadiana al Segura, Turia, Júcar y Mijares. Este Plan se cuestionó con otro nuevo y añadió la posibilidad de incluir la cuenca del Ebro. A este último se le contrapuso otro más que incluyó «otras posibles cuencas». El río Tiétar y Alagón se sumaron y a partir de 1960 boom! La nueva demanda del sector turístico y recreativo se incorporó a la sobreexplotación hídrica de unas tierras con un clima por lo demás muy favorable. En último término se pensó en incluir también las aguas subterráneas de la zona de La Mancha pero finalmente las aguas trasvasadas fueron solo las del Tajo que bañaron por primera vez el Levante con Suárez de nuevo en el poder.

No tanto después se registró el período de mayor sequía de todo el siglo XX en Madrid pero ni a la pareja de ingenieros ni a sus sucesores ni a las Cortes del momento se les ocurrió pensarlo. Si en los planes iniciales se calculó un trasvase de seiscientos millones de metros cúbicos por año, la media de agua que se desplazó nunca sobrepasó la mitad de esta cifra y en los últimos tiempos ni siquiera llegó a un tercio de esta última. ¿Por qué? Porque no existe un caudal adecuado y regular en la Submeseta Sur para proveer el volumen prometido y esperado hacia los relieves béticos del sureste.

Murcia fue según Pierre Vilar un territorio a medio camino entre la industrialización y la preeminencia agraria. Quedó entremedias de la conformación de lo que sí pudieron ser unas clases medias catalanas y valencianas y tendió a desarrollar una estructura de la propiedad más polarizada y concentrada. Esto lo explica en parte por la influencia de dos contextos institucionales distintos durante los períodos anteriores medievales y modernos. Yo lo sintetizo humildemente así: la Corona de Castilla que favoreció un acceso y uso del agua más desregulado. La Corona de Aragón que sometió a un control más riguroso toda su administración. La transición hacia el Estado liberal devino en la privatización y liberalización de la propiedad de la tierra pero en una tendencia contraria en el control público de los recursos hídricos -superficiales-. En este sentido, el régimen jurídico de la Corona de Aragón primó sobre el de Castilla. El Campo de Cartagena se conformó a lo largo de estos siglos como un enclave particular que representa la superposición de la influencia de cada uno de estos regímenes.

El contexto de Levante fue el lugar de ensayo y ejecución de las mayores innovaciones hidráulicas estimulado por un desarrollo sin precedentes del mercado de consumo. A partir de la segunda mitad del XIX la agricultura mediterránea ya se consideró de mercado y Robert Herin calificó la gestión y el uso del agua en estas tierras como la de un auténtico medio de producción. Los cultivos, las estructuras territoriales y las relaciones sociales mutaron. Si en períodos anteriores los conflictos sociales por el agua se dieron a escala de acequia desde entonces se comenzaron a producir a niveles más amplios -de cuenca-. Los propietarios y empresarios murcianos comenzaron su apuesta por la especialización de productos hortofrutícolas y el desenfreno de perforaciones en el subsuelo para pozos de regadío no hizo más que comenzar.

Jose Manuel Naredo ya señaló que desde entonces más de un tercio del total de las aguas que se emplearon para regadío en el Estado fueron de origen subterráneo. Una muy buena parte de estas extracciones se encuentran en tierras murcianas. Las aguas subterráneas no fueron declaradas como bien público hasta 1985, las anteriores leyes de aguas indicaron y redundaron en su carácter privado. Es muy difícil saber la cantidad de agua que se consumió en manos particulares o corporativas durante este largo período. Los suelos y las tierras son privados. Los acuíferos son bienes públicos pero a la forma de acceder a ellos -los pozos- se les aplicó el mismo carácter que a su superficie. Los datos son claros y reveladores desde hace décadas: las 3/4 partes de las hectáreas de regadío con riesgo de desaparecer en el Estado por agotamiento de las reservas del subsuelo se encuentran en la costa mediterránea (IGME).

Una de las muchas consecuencias de la explotación desregulada de estos acuíferos la observamos en las cíclicas crisis de la laguna del Mar Menor, pero estas expresiones son los mínimos retazos de lo que aguarda ahí abajo. Brotarán alteradas de sus equilibrios hidrológicos más elementales. Aguas salinizadas, fertilizantes agrarios filtrados, aumento del nivel del precio del agua, mayor mercantilización de la misma, pequeñas agricultoras y agricultores arruinados, fuentes y pequeños regadíos desaparecidos, saturación de los acuíferos, cambios estructurales en el tipo de cultivos, ¿avistan desde aquí las consecuencias?, grandes sociedades inversoras endeudadas apoyadas por grupos bancarios que apremian. Todo esto emergerá, de la peor manera y en el peor momento, como quiebra lo fatalmente gestionado y empleado. El horror no fueron los tres mil pececitos saliendo a morir a la orilla en la última crisis, el infierno es la acción humana latente y todavía no manifiesta. ¿Surgirán de esta implosión también los responsables?