10 Novembro, 2017

Fuego

En estos días hemos vuelto a revivir imágenes que forman parte de una realidad que seguimos negándonos a reconocer, a pesar de que se encuentra cada vez más cercana. El cambio climático ya no es un escenario lejano a imaginar, como una proyección de un futuro que intuir desde la distancia, sino que ya está aquí, haciéndose una y otra vez presente en nuestra vida cotidiana bajo la forma de fenómenos naturales de carácter altamente imprevisible. Las lenguas de fuego en Fort MacMurray (Canadá) en marzo de 2016, llegaron a atravesar un río de un kilómetro de ancho; las 64 personas muertas en Portugal durante el verano de 2017 y las 38 de este otoño se suman a las otras cuatro fallecidas en los cientos de incendios desencadenados este fin de semana en tierras gallegas. Todos ellos forman parte de un orden histórico emergente de fenómenos naturales provocados o magnificados por la civilización industrial y que resultan cada vez más difíciles de ignorar. Este año se han triplicado los incendios forestales en distintas partes de Europa, en una tendencia que se extiende a otros lugares del planeta, como el oeste de Estados Unidos y Canadá, el sur de África y nuestra dimensión meridional europeo-latinoamericana.

Fuegos que generan relámpagos que provocan nuevos incendios, con comportamientos extremos e imprevisibles en su dirección, evolución y alcance. El alargamiento de los veranos, la reducción de las precipitaciones, el aumento de las temperaturas que producen una sequía extrema y una vegetación muy vulnerable son factores inherentes y determinantes. El incendio de Pedrogão Grande (centro de Portugal, junio de 2017) desarrolló tornados crecientes que llegaron a avanzar a 2,5 kilómetros cada 15 minutos, es decir, una columna de fuego de gran altura que se desplazó a una media de diez kilómetros por hora arrasando cualquier atisbo de vida a su paso. Argentina y Chile vivieron en este mismo año fenómenos semejantes, episodios cuya sucesión constituye una sorprendente nueva normalidad, sin embargo, hace tiempo anunciada por muchas voces. Modelos de explotación forestal desastrosos, monocultivos pirófitos, políticas de prevención no preparadas para enfrentarse a nuevas alteraciones climáticas, hiperproductivismo ganadero y forestal, abandono del rural, desregularización, privatización de los servicios públicos y precarización laboral, concursos públicos manipulados, caciquismo secular y corrupción. Un conjunto de circunstancias presentes en los incendios acontecidos esta semana y que permiten que en el territorio de Europa donde existe una mayor inversión, 174 millones de euros solo en Galicia en 2017, se estén produciendo gigantescos impactos medioambientales que recaen con especial gravedad sobre las clases populares empobrecidas.

El demencial modelo de repoblación aplicado en Galicia desde los años cuarenta marca una línea de continuidad ecocida que conduce hasta las escenas vividas este fin de semana, con cientos de incendios que han cercado poblaciones y llegado al mismo centro de la ciudad de Vigo. La interpretación paternal-productivista del espacio agrario entendido como territorio eminentemente forestal, violadora de los cuidados de prácticas orgánicas centenarias y responsable de la ocultación de antiguos pastos, vegas y prados de regadío está manifestando sus consecuencias más aterradoras. Cuando la indignación popular trata de ser desviada hacia la existencia de una mafia empresarial como única causa posible de estos incendios, más que nunca, parece imprescindible apuntar a razones estructurales que superen la identificación del monte como espacio de explotación forestal. Una mirada hacia el largo plazo que recupere prácticas agrarias orgánicas -ecológicas- que eviten la despoblación y superen la ineptitud política de un pasado que dejar atrás, recordándolo, y un presente que se debe a la resistencia creadora de todo un pueblo capaz de tener memoria para superarla.